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Parques de siempre

Llevo diez años yendo al parque prácticamente a diario, sábados y domingos incluidos. Últimamente, no es que buscara excusas para no ir, pero agradecía que lloviera, por ejemplo, o que hubiera que ir a alguna extraescolar.

Jamás se me pasó por la cabeza que dejaríamos de ir al parque por algo así, que ni siquiera podríamos salir a la calle más que para ir a la farmacia a comprar mascarillas, mascarillas que deberían haber sido gratuitas, que deberían haberse repartido a demanda entre la población, si es que realmente eran o son tan efectivas y necesarias, porque a eso, y a otras cosas importantes, dedicaría una partida presupuestaria un Estado de diccionario, aunque tuviese que hacer cambios para proteger a su comunidad con unas mascarillas de calidad, homologadas y seguras.

Desde hace unas semanas, volvemos a ir al parque por las tardes, a pesar del bochorno y de la ‘nueva incomodidad’. Ahora que mayor y pequeño no requieren constante vigilancia de una madre helicóptero como yo, a ratos me siento en una de las dos únicas plazas de los bancos del parque, en el extremo izquierdo. Pese a la mascarilla, la mía y la de los demás padres, madres, abuelos y abuelas, las dos horas que paso en el parque, viendo a niñas y niños correr, saltar y jugar como siempre me devuelven a la vida de siempre, la que fue siempre desde entonces hasta esto.

Estoy deseando que baje un poco el calor para ir esta tarde al parque.

El jardín secreto

Ya casi hemos terminado de leer El Jardín Secreto, editado por Cátedra. No es una adaptación para niños, es una traducción de la novela original, con su acento de yorkshire convertido a un castellano veloz y contraído. No pensé que el mayor fuera a pedirme que siguiera leyéndolo por las noches. De hecho, una noche me propuso tímidamente que leyéramos otro. Pero ahí estamos, en el capítulo XXIV.

Al principio me costó arrancar y encontrar el tono. Las novelas para niños de hace un siglo tratan los temas de otra manera, la infancia se ve de otra manera y es de otra manera. Pero el fondo y el ‘recado’ llegan de la misma forma.

Puede que fuera muy pequeño cuando leímos La historia interminable o El Mago de Oz. Quizá haya que releerlos. Quizá los lea él solo. Con el primer hijo cometes el error de querer enseñárselo todo enseguida, sin respetar su tiempo de crecimiento y asimilación.

El mayor siempre pareció entender más de lo que quizá entendía porque usó el lenguaje con mucha facilidad muy pronto. Cuando tienes el segundo hijo, que no es como el primero ni es el primero, comprendes que hay cosas que aún no puede entender, o que hay cosas que es mejor hacerlas más adelante para poder disfrutar y aprender completamente.

Aún así, sigues haciendo cosas a destiempo, y suelen ser cosas peores. Cuando ofreces el primer chicle al mayor, el pequeño también acaba mascando a una edad a la que no habrías ofrecido un chicle al primer hijo. Y así, suma y sigue. Y digo peor por un videojuego o alguna serie, por ejemplo.

Por mucha determinación que tengas, la crianza habita en el mundo y tiene vida propia.