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Tic-tic-tic

El miedo es muy antiguo. Las primeras personas de este mundo ya tenían miedo. No sabían lo que era ni le habían puesto nombre, pero lo conocían y lo sentían. Muchos otros animales también sienten miedo. Aunque le hemos dado nombre como si fuera uno, miedos hay muchos. Se puede tener mucho miedo, pero también muchos miedos, todos a la vez, o a veces uno y otras veces otro. Además, los miedos no son todos iguales. Los hay de cerca, los hay de lejos, pueden ser miedos a cosas, a personas, a situaciones. Pero también puedes tener miedo a algo que solo tú has imaginado. Algunas personas llaman a este último miedo infundado o incluso inventado pero, aún así, ese miedo se siente y es real. Y es muy difícil de vencer. Porque el miedo no se supera ni se acepta, no se aprende a sentirlo ni a afrontarlo. El miedo hay que vencerlo para poder liberarse de él.

Si no lo haces, el miedo se transforma y te sabotea. Se convierte en unas botas de plomo que te impiden avanzar. Toma la dimensión de tiempo detenido, de momento congelado, o de bucle infinito donde te quedas anclado, mientras el resto del mundo sigue fluyendo. Y tú quieres moverte y quieres seguir en la corriente pero no puedes porque tienes miedo. Y no haces nada porque no puedes.

Las personas que no tienen tanto miedo porque son capaces de vencerlo te pueden reprochar que no hagas nada. Es posible que no entiendan que nada te gustaría más pero que no puedes. No puedes porque no sabes. No sabes vencer el miedo.

Cuanto más tiempo pasa más crece el miedo. Es muy raro que se haga más pequeño o que desaparezca solo. A veces parece que ya no está pero simplemente muta y cede su puesto. Es entonces cuando descubres que tienes otro miedo que antes no tenías. O puede que tengas el de antes y otro nuevo, porque cuando dejas espacio a los miedos, lo ocupan.

El miedo es libre a tu costa. Te esclaviza y viaja por ti a voluntad.