Parques de siempre

Llevo diez años yendo al parque prácticamente a diario, sábados y domingos incluidos. Últimamente, no es que buscara excusas para no ir, pero agradecía que lloviera, por ejemplo, o que hubiera que ir a alguna extraescolar.

Jamás se me pasó por la cabeza que dejaríamos de ir al parque por algo así, que ni siquiera podríamos salir a la calle más que para ir a la farmacia a comprar mascarillas, mascarillas que deberían haber sido gratuitas, que deberían haberse repartido a demanda entre la población, si es que realmente eran o son tan efectivas y necesarias, porque a eso, y a otras cosas importantes, dedicaría una partida presupuestaria un Estado de diccionario, aunque tuviese que hacer cambios para proteger a su comunidad con unas mascarillas de calidad, homologadas y seguras.

Desde hace unas semanas, volvemos a ir al parque por las tardes, a pesar del bochorno y de la ‘nueva incomodidad’. Ahora que mayor y pequeño no requieren constante vigilancia de una madre helicóptero como yo, a ratos me siento en una de las dos únicas plazas de los bancos del parque, en el extremo izquierdo. Pese a la mascarilla, la mía y la de los demás padres, madres, abuelos y abuelas, las dos horas que paso en el parque, viendo a niñas y niños correr, saltar y jugar como siempre me devuelven a la vida de siempre, la que fue siempre desde entonces hasta esto.

Estoy deseando que baje un poco el calor para ir esta tarde al parque.

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