¡Estás despedida!

En el cole de mis hijos ya no hay lecturas “obligadas” de curso. No sé desde cuando han dejado de existir, pero “mayor” está acabando la primaria y nunca ha tenido que leer un libro que haya leído toda la clase. Never. No creo que obligar a leer fomente en absoluto la lectura, pero compartir la lectura, creo que sí.

Escoger un título adecuado a la edad, a las inquietudes del grupo en cuestión (y no el libro que se ha leído año tras año en ese curso), relacionado con el proyecto que estén desarrollando, y leerlo juntos, en clase y no en casa, por turnos, en voz alta, me parece una buena práctica. Leer en voz alta, aunque dé vergüenza, sin forzar, según cada personita, poco a poco, ayuda a exponerse ante el mundo, y a hacerlo con un poquito más de seguridad. Leer juntos aumenta el interés y la conexión con la lectura, y refuerza la comprensión lectora. Comentar la lectura en clase te lleva a hacer el esfuerzo de pensar y buscar las palabras más adecuadas para expresar lo que quieres decir, para que te escuchen y te entiendan.

Por mí, haría que en ciclo medio o superior de primaria leyeran en clase ¡Estás despedida!, de Rachel Flynn, porque visibiliza, con humor y sin enfrentamientos, eso que Yayo Herrero define como los trabajos de cuidados que sostienen la vida, que realizamos mayoritariamente las mujeres, desde que la humanidad es humana.

El jardín secreto

Ya casi hemos terminado de leer El Jardín Secreto, editado por Cátedra. No es una adaptación para niños, es una traducción de la novela original, con su acento de yorkshire convertido a un castellano veloz y contraído. No pensé que el mayor fuera a pedirme que siguiera leyéndolo por las noches. De hecho, una noche me propuso tímidamente que leyéramos otro. Pero ahí estamos, en el capítulo XXIV.

Al principio me costó arrancar y encontrar el tono. Las novelas para niños de hace un siglo tratan los temas de otra manera, la infancia se ve de otra manera y es de otra manera. Pero el fondo y el ‘recado’ llegan de la misma forma.

Puede que fuera muy pequeño cuando leímos La historia interminable o El Mago de Oz. Quizá haya que releerlos. Quizá los lea él solo. Con el primer hijo cometes el error de querer enseñárselo todo enseguida, sin respetar su tiempo de crecimiento y asimilación.

El mayor siempre pareció entender más de lo que quizá entendía porque usó el lenguaje con mucha facilidad muy pronto. Cuando tienes el segundo hijo, que no es como el primero ni es el primero, comprendes que hay cosas que aún no puede entender, o que hay cosas que es mejor hacerlas más adelante para poder disfrutar y aprender completamente.

Aún así, sigues haciendo cosas a destiempo, y suelen ser cosas peores. Cuando ofreces el primer chicle al mayor, el pequeño también acaba mascando a una edad a la que no habrías ofrecido un chicle al primer hijo. Y así, suma y sigue. Y digo peor por un videojuego o alguna serie, por ejemplo.

Por mucha determinación que tengas, la crianza habita en el mundo y tiene vida propia.