Odio el verano

Donde yo vivo, el verano es la estación más ruidosa del año.

Los aspersores de riego de los jardines comunitarios empiezan a funcionar de madrugada. A partir de las ocho, las máquinas de cortar césped, que queman gasoil, van y vienen con su onda sonora durante horas. Se solapan con las sopladoras de hojas, quemando gasoil, que han sustituido con menos eficiencia a las escobas. También están las desbrozadoras y las sierras de podar, que también queman gasoil, que recortan las hojas de los setos de los jardines comunitarios. Las hojas no pueden estar enteras. Y los setos deben tener formas geométricas inorgánicas. Entonces hay que volver a soplar los recortes. Brum, brum.

A las ocho también empiezan a trabajar los operarios de las obras de reforma de las casas de veraneo que también tienen jardines que cortar, podar y soplar. Se ponen en marcha las radiales y los martillos pneumáticos. Se cortan baldosas y perfiles metálicos. Cada cierto tiempo, un estruendo indica que se descargan cascotes por toboganes acuáticos.

Es el momento de hacer agujeros en la vía pública para arreglar los agujeros que se hicieron el verano anterior.

Cuando la jornada laboral termina, empiezan a ladrar con chulería las motos del verano en sus trayectos domésticos entre chiringuitos.

De noche, veraneantes y adolescentes hablan y ríen a gritos en la calle por encima de su banda sonora, pachum, paaaachum, pachum, paaaachum. Hasta que vuelven a ponerse en marcha los aspersores.

Odio el verano.

¡Estás despedida!

En el cole de mis hijos ya no hay lecturas “obligadas” de curso. No sé desde cuando han dejado de existir, pero “mayor” está acabando la primaria y nunca ha tenido que leer un libro que haya leído toda la clase. Never. No creo que obligar a leer fomente en absoluto la lectura, pero compartir la lectura, creo que sí.

Escoger un título adecuado a la edad, a las inquietudes del grupo en cuestión (y no el libro que se ha leído año tras año en ese curso), relacionado con el proyecto que estén desarrollando, y leerlo juntos, en clase y no en casa, por turnos, en voz alta, me parece una buena práctica. Leer en voz alta, aunque dé vergüenza, sin forzar, según cada personita, poco a poco, ayuda a exponerse ante el mundo, y a hacerlo con un poquito más de seguridad. Leer juntos aumenta el interés y la conexión con la lectura, y refuerza la comprensión lectora. Comentar la lectura en clase te lleva a hacer el esfuerzo de pensar y buscar las palabras más adecuadas para expresar lo que quieres decir, para que te escuchen y te entiendan.

Por mí, haría que en ciclo medio o superior de primaria leyeran en clase ¡Estás despedida!, de Rachel Flynn, porque visibiliza, con humor y sin enfrentamientos, eso que Yayo Herrero define como los trabajos de cuidados que sostienen la vida, que realizamos mayoritariamente las mujeres, desde que la humanidad es humana.

Y entonces nos perdimos (This was our pact)

Ayer llegaron las recomendaciones de lectura para el verano del plan lector de la biblioteca municipal, y me acerqué a la biblio a sacar algunos libros que me parecieron interesantes para “mayor”. Uno de ellos es El Ickabog de J.K. Rowling , y el otro es un cómic juvenil que acabo de terminar y que me ha parecido bonito y divertido.

De niña no me llamaron nunca la atención los cómics, pero ahora hay otro tipo de historias ilustradas, que llamamos novelas gráficas, tanto para adultos como para jóvenes lectores, que no son ni mangas, ni cómics clásicos de superhéroes musculados, ni historietas de personajes azules belgas o franceses, ni tebeos de paisanos groseros, tetas y cacas de perro.

Pese a que me interesan desde un punto de vista profesional, las novelas gráficas siguen sin ser mi preferencia a la hora de elegir lectura. Para mí, no alcanzan el desarrollo de la narrativa convencional, puede que sencillamente porque una novela gráfica extensa y compleja como una novela ocuparía una habitación entera.

Pero he leído algunas, y algunas me han gustado. Y ahora que a “mayor” le interesan, he leído algunas dirigidas a lector juvenil. Desde un punto de vista formal me parecen muy interesantes, y me llaman la atención. Pero el contenido no siempre está al mismo nivel que lo gráfico.

Últimamente la tendencia en juvenil es tomar uno o varios protagonistas jóvenes e introducir personajes y situaciones fantásticas, absurdas, monstruosas o feístas en la aparente normalidad. A veces es un poco cansado y aburrido.

Al grano. He terminado Y entonces nos perdimos de Ryan Andrews. Los protagonistas son niños, y dentro de lo normal aparecen personajes y situaciones fantásticas y/o absurdas, como es la tendencia, pero en este caso el feísmo es casi inexistente, y el relato es tierno y divertido. Un relato de amistad, generosidad, inconsciencia e ímpetu juvenil, envuelto en fantasía, donde la calidad y capacidad descriptiva de las imágenes es excelente. A lápiz y a mano. Toma ya.

A ver si “mayor” opina lo mismo que yo.

En la misma linea, tanto narrativa como gráfica, pero para lectores más pequeños, están los dos títulos de Caja.

Como parece que a él le gustan las aventuras de Hilda bastante más que a mí, también he sacado el último de la serie, Hilda y el Rey de la Montaña. Creo que entre los que hay en casa y los que hemos sacado prestados, se los habrá leído todos. Yo he ido viendo como Hilda ha ido proporcionándose y redondeándose, y como el trazo se ha ido haciendo más orgánico, alejándose del universo de Tove Jansson, de la que recomiendo leer (sin prejuicios de lo que debe ser narrativa para niños) las inquietantes aventuras de la familia Mumin ( La familia Mumin en invierno, La llegada del cometa o Papá Mumin y el mar).

De las novelas gráficas para adultos que he leído, me quedo con Los equinoccios, de Cyril Pedrosa, y Lydie, de Jordi Lafebre y Zidrou.

Eso es todo, amigos.

Tic-tic-tic

El miedo es muy antiguo. Las primeras personas de este mundo ya tenían miedo. No sabían lo que era ni le habían puesto nombre, pero lo conocían y lo sentían. Muchos otros animales también sienten miedo. Aunque le hemos dado nombre como si fuera uno, miedos hay muchos. Se puede tener mucho miedo, pero también muchos miedos, todos a la vez, o a veces uno y otras veces otro. Además, los miedos no son todos iguales. Los hay de cerca, los hay de lejos, pueden ser miedos a cosas, a personas, a situaciones. Pero también puedes tener miedo a algo que solo tú has imaginado. Algunas personas llaman a este último miedo infundado o incluso inventado pero, aún así, ese miedo se siente y es real. Y es muy difícil de vencer. Porque el miedo no se supera ni se acepta, no se aprende a sentirlo ni a afrontarlo. El miedo hay que vencerlo para poder liberarse de él.

Si no lo haces, el miedo se transforma y te sabotea. Se convierte en unas botas de plomo que te impiden avanzar. Toma la dimensión de tiempo detenido, de momento congelado, o de bucle infinito donde te quedas anclado, mientras el resto del mundo sigue fluyendo. Y tú quieres moverte y quieres seguir en la corriente pero no puedes porque tienes miedo. Y no haces nada porque no puedes.

Las personas que no tienen tanto miedo porque son capaces de vencerlo te pueden reprochar que no hagas nada. Es posible que no entiendan que nada te gustaría más pero que no puedes. No puedes porque no sabes. No sabes vencer el miedo.

Cuanto más tiempo pasa más crece el miedo. Es muy raro que se haga más pequeño o que desaparezca solo. A veces parece que ya no está pero simplemente muta y cede su puesto. Es entonces cuando descubres que tienes otro miedo que antes no tenías. O puede que tengas el de antes y otro nuevo, porque cuando dejas espacio a los miedos, lo ocupan.

El miedo es libre a tu costa. Te esclaviza y viaja por ti a voluntad.