De concierto

La música era perfecta para mi inclinación a hacer conexiones y a establecer relaciones entre datos. En tal disco tocaba Pascual, que había tocado con Fulano, y aquella portada era un guiño a aquella película, o a aquel artista o a lo que fuera. Todo estaba lleno de nombres, estilos, instrumentos, fechas, lugares, datos y datos que se podían unir como en esos pasatiempos de los numeritos. Y cuanto más disparatada o imprevisible fuera la relación, más disfrutaba mi cerebrín. Hasta que eso se acabó porque llegaron ellos y lo ocuparon todo. Pero ahora que dejo que dejen espacio, creo que también la literatura infantil me ofrece esa posibilidad de volver a conectar y a relacionar datos e ideas de la manera más… improvisada?

El concierto de Patrick Watson debió ser uno de los últimos a los que fui, antes de cerrar la etapa en la que recorría las tiendas de discos de la ciudad los sábados por la tarde. El último, de hecho, fue el de The Cinematic Orchestra. Y los dos conciertos estaban relacionados, aunque la conexión era evidente y sencilla. Cuando la Cinematic sacó Ma Fleur y el single To Build a Home, muchas conocimos a Patrick Watson. Watson aprovechó el tirón para girar su disco Close to Paradise, donde sonaba The Great Escape. Y ya está.

El de Patrick Watson fue un concierto especial porque aún no reunía a mucho público, y la audiencia rodeábamos un escenario mínimo de frontera casi inexistente. Disfrutamos de idas de olla e improvisaciones, y de un loop pedal (o como se llame) con el que el pequeño Watson disfrutaba como con un juguete, mucho antes de que todo músico indie tuviera uno y se autoacompañara en versión hombre orquesta 2.0… Watson sigue usando juguetes que molan, pero también le acompañan los mismos músicos, salvo Simon Angell. Lástima.

Llegó la Cinematic. Pero sin Watson. Traían un telonero al que algunas conocimos allí, Grey Reverend. Un señor largo y afroamericano que salió con su guitarra y tocó y tocó por encima de los gritos y las risas, hasta que todas las fieras de cerveza quedaron hipnotizadas por su sensibilidad. Y sucumbieron. El tema de la Cinematic que interpretaba Patrick Watson al piano lo interpretó Grey Reverend a la guitarra, y desde entonces no sé qué versión me gusta más.

Estuve a punto de incluir a L.D. Brown en Mínimas, pero Grey Reverend se merece estar aquí tanto como Patrick Watson, en honor a mi pasado musical relacional y a su amor por la música y su voluntad de seguir tocando la guitarra a pesar de la distonía focal.

Muac!

Cobarde

Creo que hoy en día ninguna editorial, nadie, no one, le publicaría Pippi Långstrump a una desconocida Astrid Lindgren, ni Matilda a un novel Roald Dahl. Nadie. Creo que hoy en día, como sociedad, somos hipócritas y cobardes.

Cuando leí Pippi a mis hijos lo primero que pensé fue en cómo, en unas décadas, habían cambiado los parámetros de lo que se consideraba literatura infantil, y de las diferencias entre países. No dejé de leerla, como me pasó con Peter Pan (la distribución de cajones ha cambiado y, definitivamente, la novela original ha saltado de cajón), pero en algún momento pensé que no entenderían algunas cosas. Nada más lejos de la realidad. Nos reímos mucho y, a pesar de mis miedos de madre, mis hijos no terminaron alimentándose sólo de chuches, ni cascándose huevos en la cabeza, ni desafiando a sus maestras.

Cuando leímos Matilda, el miedo de madre conservadora y convencional fue más fuerte. Quise parar u omitir algunas cosas, como lanzamientos por la ventana. La Trunchbull era realmente terrorífica, demasiado para una novela infantil… ¿O quizá no? Seguramente Roald Dahl coincidió con muchas Trunchbull durante su infancia. Pese a la exageración y la deformación, debía haber muchos hombres y mujeres de dureza y bajeza similares a las de los padres de Matilda o la misma profesora. Y ahora que tenemos internet, y nos vemos modernos hasta que nos veamos ridículos dentro de veinte años, ese tipo de personas sigue existiendo y abusando de su poder o de su fuerza. Por esta razón dejó de parecerme inapropiado leerles Matilda, porque la Trunchbull sigue ahí, pero también la señorita Honey.

Antes de agosto leímos El Ickabog de J. K.Rowling, y creo que si Rowling no fuese la autora de Harry Potter, ninguna editorial, nadie, no one, le habría publicado El Ickabog. Rowling hace muy bien varias cosas, una de ellas es crear personajes despreciables y presentarlos en su verdadera magnitud, en su crudeza, al lector. Lord Spittleworth es maquiavélico, manipulador, un psicópata carente de empatía, embustero, avaricioso, un ser sin escrúpulos. A lo largo de la novela, Rowling le muestra al pequeño lector la verdad oculta del personaje, a medida que el/la niño/a se va enfadando ante cada injusticia, y se va indignando más cada vez que Lord Spittleworth se sale con la suya. El lector ve como la “bola de nieve” crece y crece y que, aunque parezca que la situación se va a resolver por fin, empeora.

Rowling se carga a mucha gente en la novela. A mucha. La novela avanza hacia el abismo paso a paso, retratando la estupidez humana, el poder del miedo, la fuerza de la mentira, el abuso de poder. Y eso, además de otras cosas maravillosas, está ahí, en nuestra sociedad hipócrita y cobarde, y está muy bien que las pequeñas lectoras puedan reflexionar sobre cómo podemos llegar a comportarnos en determinadas circunstancias, a través de una trama clásica de reinos y castillos.

La única pega es que el final es un poquito precipitado y previsible. Esperábamos por lo menos el mismo nivel de desarrollo que en las primeras tres cuartas partes del libro. Pero entiendo que destinar el mismo grado de crudeza al desenlace, y cargarse toda la magia, la habría desequilibrado como novela infantil, así que se lo perdonamos. Me habría gustado saber cómo resolvía el final Roald Dahl.

Y, en relación con esto mismo, pienso que es un error muy gordo cambiar los cuentos tradicionales, sus personajes o sus finales. Es una falta de respeto absoluta: hacía el autor, hacia nuestra historia como sociedad y hacia el lector, tenga la edad que tenga. Si no ves adecuado leer a tus hijos El lobo y las siete cabritas porque te parece duro y sangriento, pues no se lo leas. ¿No te parece súper poder elegir entre tantas lecturas? Pero, por respeto, no le leas un versión vacía, edulcorada y manipulada del original, despojada de su sentido. El lobo de aquella época no se ha extinguido, de hecho ahora es más fácil que tus cabritas se encuentren con él. Y no precisamente a través de los libros.

A ninguna editorial, a nadie, a no one, se le ocurriría reescribir clásicos de la literatura universal pese a expresar posturas claramente machistas o racistas, ubicadas en otra época y en otro contexto social. ¿Por qué con la literatura infantil se hace?¿Eran Andersen o los Grimm menos autores, o tenían menos derecho sobre sus obras?¿Ah?

No seamos hipócritas y cobardes. De momento podemos decidir qué leemos con nuestras hijas y, si somos un poco menos hipócritas y cobardes, podemos explicarles muchas cosas apoyándonos en la lectura para estimular su pensamiento crítico.

Si tienes hijos, también debes tener… (2)

Todas las aventuras del viejo Pettson y su gato Findus. Las historias del sueco Sven Nordqvist tienen muy poco de “esa cosa que al principio te incomoda porque no acabas de comprende eso que tiene la literatura escandinava, que debe ser cosa del frío y del folklore, que allí es con k, de las hadas, los duendes, los gnomos y los trolls, y de los niños contra el mundo absurdo de los adultos”, mucho menos que las de los Mumins de Tove Jansson. Aunque creo que a las/los niñas/os les da igual, porque no les pasa.

Me gustará poder hablar mejor de eso pero, de momento, por muchas vueltas que le doy, no consigo encontrar las palabras para describir claro y conciso lo que me produce en la cabeza la escritura, y la ilustración, de Jansson. A mí me parece una muy buena señal. Hace unos años leí El libro del verano, y me gustó mucho, pero no puedo explicar por qué. La lectura mola porque permite rellenar ese vacío que hay entre tu verano y el verano en otra parte del mundo, en otro tiempo, vivido o imaginado por otra persona. Pero de Tove ya hablaremos. Y de Lindgren también.

Total, que las aventuras del viejo Pettson y el gato Findus, personajes peculiares que en el fondo son un papá y un hijo alegre y curioso, son divertidas y singulares. La narración tiene humor y surrealismo, y las ilustraciones, pues también. Los dibujos, pluma y acuarela, lo tienen todo, todo, todo. Representan la realidad de las construcciones y los utensilios, los muebles, la vegetación de una casa en el campo sueca, detalle a tope, rigor en la escala, en la perspectiva, en las proporciones… al más puro estilo Carl Larsson… pero también describen con el mismo “rigor y fidelidad” la otra realidad que convive con todo eso: animalillos y seres varios que habitan los huecos entre el terreno y el entarimado de la casa, objetos rígidos que se deshacen, cosas pequeñas enormes, cosas enormes pequeñas, lo que es una pera es un globo. Y además están las gallinas.

Leedlo juntas, miradlo, buscad cosas, poned voces. En casa, el preferido es El pastís de creps. A mí, Findus se independiza me parece entrañable y muy amoroso. Editados en castellano y catalán por Flamboyant.

Como de esto hace años, y ya son clásicos, hay dibujos animados y películas. La película alemana de 2014 recoge y recrea en modo súper el aire de los libros, condensando varios títulos. La única pega: decorados para las escenas exteriores, aunque no son tan dañinos como los de Lazy Town o los Teletubbies, con esa luz artificial, esos colores estridentes y esas texturas de plástico… ¿qué necesidad hay?¿es más llamativo y divertido para los niños? Por suerte, la mayoría de los niños ven perfectamente, y distinguen los colores sin problema. Sin duda, el color es hermoso pero ¿desde cuándo es diversión, jovencito Frankenstein?

Nordqvist también estudió arquitectura, eh!

Si tienes hijos, también debes tener…

El que quieras, uno o varios libros de la colección de los paseos visuales (Una historia en dibujos) que hace el matrimonio alemán formado por Peter Knorr y Doro Göbel. Detalles por todas partes, historias tiernas, cosas extraviadas que hay que encontrar, culetes… sí, éxito asegurado! Pequeño sabe exactamente en qué pagina puede encontrar al niño en pelotas que se está duchando… Entrañable, divertido, hecho con cariño. Variedad total. Cartoné manejable. Vais a buscar muchas cosas, vais a poder hablar de muchos temas (tipos de familia, tipos de casas, tipos de transportes, etc), y vais a compartir un buen rato.

La única pega que le pongo es que la editorial cambie los nombres originales. Vale, entiendo que hay nombres que no sabemos pronunciar porque no hablamos alemán, y que ni siquiera sabemos ni cómo suenan. Bien. Pero podemos no usarlos porque no hay texto, así que tampoco pasa nada. Si el abuelo original se llama Piet ( que tampoco es muy loco) pero no nos vemos capaces de afrontarlo (what?), pues nos referimos a él como el abuelo de la panadería, y listo.

Me parece mal que a los personajes alemanes se les cambie el nombre a nombres castellanos, que las familias alemanas se conviertan en españolas, vamos, pero que las familias turcas, por ejemplo, conserven sus nombres y sigan siendo turcas aquí también… no sé si me explico???

Las familias alemanas son alemanas, y nosotras somos lectoras capacitadas, de cualquier lugar, y ya está.

La cláusula ingrata de la novela gráfica o “Carta Blanca” de Jordi Lafebre.

He terminado “Malgré tout”, “A pesar de todo” o, como se ha traducido al castellano, Carta Blanca, de Jordi Lafebre. Novela gráfica editada aquí por Norma Editorial.

Ya he dicho alguna que otra vez que el género no me llama la atención como lectora, pero no lo descarto como lectura para mis hijos, y me interesa bastante en tanto que yo dibujo.

Lafebre lleva ya unos cuantos años dibujando viñetas sin parar, sobretodo para Francia, donde al parecer le valoran más que aquí. Qué cosa más extraña!

Su novela es una historia puramente romántica. En la RAE, romántico es “sentimental, generoso y soñador”.

Lafebre es romántico cuando escribe y cuando dibuja. No creo que haya lecturas y/o novelas gráficas, o creaciones artísticas, en definitiva, destinadas a uno u otro género. Como no lo creo, no voy a decir que puede ser que llame más la atención a lectoras que a lectores, porque tampoco lo sé. Lo que sí creo es que aquellos/as que piensen que todo cómic o novela gráfica es una cuadrícula llena de músculos y onomatopeyas es que no han tocado un libro desde hace mucho tiempo.

El dibujo de Lafebre tiene el equilibrio entre el dibujante que dibuja de dibujos y el que dibuja del natural. Es decir, es detallista, figurativo y realista, al tiempo que utiliza recursos de lenguajes de representación conocidos. Sus figuras tienen el punto justo de caricatura e histrionismo para explicar sentimientos, pensamientos y emociones sin palabras. Y a mí, personalmente, a veces me emociona.

He estado pensando en lo rápido que se lee una novela gráfica, por gorda que sea, en comparación con la cantidad de tiempo que lleva hacerla. Si no escribes ni dibujas es posible que nunca te lo hayas planteado, o que hayas juzgado libros, cuentos, cómics o cuadernos de pegatinas a la ligera. Debe pasar lo mismo con el cine, aunque si tu obra funciona tiene más visibilidad… jui jui jui.

Sin entrar en la dificultad y el tiempo que lleva a toda autora/autor encontrar y encaminar tema y trama de una novela, hay que tener en cuenta que toda la descripción de lugares, vestuarios, meteorología, es decir, la ambientación, real o ficticia, que la novela convencional hace a través del texto, la novela gráfica la hace a través del dibujo.

En el caso de la novela narrativa convencional, la descripción puede llevar más o menos tiempo a la escritora/escritor, aunque nunca menos que al lector/a leerla completa para hacerse a la idea del lugar en que se ubican los personajes en ese momento. Además, la narración siempre deja espacio para la aportación del lector a la construcción de la escena.

En cambio, en el caso de la novela gráfica, el dibujante va a invertir, muchas no, muchísimas horas de su vida en representar escenarios imaginados sobre el papel mediante el dibujo. Muchas horas. Y al lector le va a llevar tres pestañeos captar la escena por completo, que además el dibujante habrá repetido varias veces desde puntos de vista diferentes, en viñetas consecutivas, a medida que la narración avanza.

Lo mismo ocurre con los personajes. Su aspecto físico, sus estados de ánimo, sus expresiones, etc. todo se explica mediante el dibujo. Así que el texto se limita casi exclusivamente al diálogo.

Es decir, en la novela gráfica el autor/dibujante asume y acepta una pequeña cláusula de “ingratitud o por amor al arte”, añadida al contrato de incertidumbre que firma cualquier autora/autor.

Sabe que va a pasar varios años de su vida trabajando muchas horas, dejándose la vista, buscando documentación gráfica, leyendo, dibujando, y sin cobrar nada de nada esos años, para publicar una obra que se va a leer de principio a fin en menos de un día (más o menos).

Pero no todo es mierda, claro. La novela gráfica, al emplear dos lenguajes, tiene dos puntos de apoyo para mantenerse a flote. Puede que la historia sea un pedo, y los diálogos malos, pero que el dibujo sea muy potente y la soporte. Puede que los dibujos sean regulares, pero que la historia sea muy buena y esté bien escrita, y tenga algunos aciertos gráficos. En la novela convencional, esté como esté escrita, si la historia es mala, no hay nada que hacer.

Un último punto, que para algunas será una ventaja y para otras un inconveniente, es que la novela gráfica, al funcionar más como el cine, no deja tanto espacio a la lectora/lector. Y que el diálogo, la parte escrita, tiene un peso específico muchísimo mayor. Otro tema es la limitación o dificultad de lo gráfico para enfrentarse a temas complejos, abstractos o filosóficos, a reflexiones sin cuerpo representable.

En fin, que no deja de ser ingrato que la novela gráfica se lea tan rápido y que se acabe tan deprisa, sabiendo que a la autora/autor le ha llevado, necesariamente, muchas horas y mucho trabajo, como en el caso de Carta Blanca de Jordi Lafebre.

A mí me gusta mucho como dibuja, y dibuja mucho, dibuja bien, no se ahorra nada. Y eso se agradece, porque los que dibujamos (mejor o peor) sabemos que hacer eso no es ni fácil ni rápido.

No voy a hablar de nada más, porque entonces me cargo la novela, que funciona gracias a eso de lo que no voy a hablar, desde un punto de vista narrativo. Pero, aunque no te la leas, la capacidad de Lafebre de explicar con el dibujo es muy muy grande. Así que si, aunque como yo, no eres romántico/a, la recomiendo mucho. Y, malgré tout, creo que Lafebre debe sentirse agradecido y satisfecho.

Solamente voy a rebelar un detalle: el prota lleva un pendiente. Cuando yo tenía 22 o 23 años, trabajaba becada como delineante en una oficina de la Universitat de Barcelona. Cada mañana desayunábamos en el bar de la facultad de Bellas Artes, que tenía un patio con una higuera grande. A la misma hora solíamos coincidir con la misma gente, grupos de estudiantes de la facultad, algunos profesores, etc. A mí me llamaba la atención un chico que casi siempre sonreía, tenía el pelo rizado y llevaba un pendiente (o dos). Ahora sé que se llamaba Jordi, juas!

Odio el verano

Donde yo vivo, el verano es la estación más ruidosa del año.

Los aspersores de riego de los jardines comunitarios empiezan a funcionar de madrugada. A partir de las ocho, las máquinas de cortar césped, que queman gasoil, van y vienen con su onda sonora durante horas. Se solapan con las sopladoras de hojas, quemando gasoil, que han sustituido con menos eficiencia a las escobas. También están las desbrozadoras y las sierras de podar, que también queman gasoil, que recortan las hojas de los setos de los jardines comunitarios. Las hojas no pueden estar enteras. Y los setos deben tener formas geométricas inorgánicas. Entonces hay que volver a soplar los recortes. Brum, brum.

A las ocho también empiezan a trabajar los operarios de las obras de reforma de las casas de veraneo que también tienen jardines que cortar, podar y soplar. Se ponen en marcha las radiales y los martillos pneumáticos. Se cortan baldosas y perfiles metálicos. Cada cierto tiempo, un estruendo indica que se descargan cascotes por toboganes acuáticos.

Es el momento de hacer agujeros en la vía pública para arreglar los agujeros que se hicieron el verano anterior.

Cuando la jornada laboral termina, empiezan a ladrar con chulería las motos del verano en sus trayectos domésticos entre chiringuitos.

De noche, veraneantes y adolescentes hablan y ríen a gritos en la calle por encima de su banda sonora, pachum, paaaachum, pachum, paaaachum. Hasta que vuelven a ponerse en marcha los aspersores.

Odio el verano.